El mar no tiene límites, no tiene bordes definibles, pues éstos se agrandan o achican según el antojo de las olas y las mareas. Playas, acantilados, marismas... sabemos dónde acaba el mar ahora, pero no dónde acabará dentro de un instante. El mar es un espejo a lo desconocido, a lo que no somos capaces de entender: podemos sumergirnos en él, saborearlo, oírlo. Podemos imaginar qué hay en su lecho, qué criaturas sobreviven en la mayor oscuridad posible. Y ni aún así podemos entender el verdadero significado del mar. Porque el mar es infinito.
Infinito
Infinito
Infinito
La tierra nos une, nos acerca. Los que vivimos en la misma tierra nos sentimos hermanos, compañeros de viaje. Pero, ¡hay del mar! El mar te aleja sin que te des cuenta. Ahora estás aquí, y ya estás en otro sitio, lejos, muy lejos de mí, que he esperado a perder tu figura en el horizonte. Porque el mar es un camino en movimiento, un camino que, aunque no quieras andar, te lleva a su antojo, te traslada a otros mundos.
Si quieres cruzar el mar, ánimo. Mi tierra no es ya la tuya, y tú vas a volver dónde naciste. Vas a cruzar el mar. Cuando partas llevarás en tu equipaje recuerdos de cada lugar que has visto, cada persona que has conocido, cada sentimiento que has experimentado. Sin embargo, el mar te lo borrará todo, te lo limpiará todo. Cuando salgas de él serás, otra vez, una hoja en blanco, dispuesta para nuevas experiencias. En ocasiones, cuando escuches al mar los días de tempestad, cuando su voz crece y silencia al resto del mundo, oirás contar tu historia, tu vida, nuestros nombres y lo que conociste en otras tierras.
Hay días en que el mar nos recuerda nuestras historias, para que no las olvidemos en la tierra.
Escucha al mar.
Escucha al mar.
Escucha al mar.